viernes 18 de abril de 2008
Samuel Núñez, Poeta.
Samuel Núñez Galleguillos nació en otra época. Mas bien bajo las estrellas y cuando el tiempo caminaba mas lento. No había que pagar para ser feliz. Bastaba un collar de mostacilla y una frazada para hacer pareja. Un pito, un copete, un limón, un puñado de nueces. Se hacia el amor como en una conversación. Se hablaba largo y tendido con los amigos, de cierta música, de ciertas revistas, de ciertas letras y de ciertas canciones. Se iba en la ola como una hoja en el viento. No se sabía mucho aquí en el culo del mundo pues demasiado entraba por los sentidos. Las palabras y la escuela no servían, quedaba la poesía, y esa manía insana de hablar hacia atrás y hacia delante, los únicos espacios que limitaban el hoy. El mundo iba bien encaminado salvo por ciertos pelotas que se resistían, y que les pateaban el culo en Vietnam, y a punta de votos en Chile. No fue a Piedra Roja porque venia de vuelta. Se viajaba mejor en yerba del Valle hasta el infinito. El aterrizaje fue forzoso. De pasamanos solo la poesía. La poesía que sirve de bitácora para ir registrando la vida; retazos y jirones, flashes, notas a pie de página, pequeños telegramas en una comunión extraña entre las palabras y la velocidad de la vida. Cuando Samuel intenta escribir un poema no le sale, no cuadra, pero cuando despliega su telaraña tímida al aire del día atrapa pequeños insectos maravillosos de alas trémulas o elitros nacarados. Los poemas de Samuel Núñez son como un abrazo, como un beso, como una sonrisa amistosa, como un calido saludo de hermano, o a veces un ceño fruncido, un nudo en la garganta, y para eso no sirve la academia sino la pureza del alma, más cercana a la poesía clásica china que al desenfado de la Beat Generation, con la cual ciertos trogloditas de la cultura tienden a asimilarlo. Samuel es un ciudadano mediocre y un poeta excepcional, un looser orgulloso, un libre temeroso de sus propias alas. Por eso cuando leemos los poemas de Samuel Núñez tenemos que hacerlo en el fragor del día a día, sin perder la habilidad de montarnos nuestro pequeño asilo en un rincón de la micro, en una banca del parque, o en el parapeto de algún baño cómplice. Samuel melómano, porque es un rockero de pura cepa porque sabe, como yo, que en el rock no caben las tonteritas tan necesarias en el pop; en el rock viene de la vena para afuera, como los poemas de Núñez. Y hay –como lo quisieran los doctos apoltronados- belleza en su minimalismo, una distancia pocas veces vista, tan exacta entre el hablante y su objeto. No hay sonsonete ni aspaviento, ni canto destemplado (que algunos confunden con telúrico), hay simple narración de jirones de vida. Quizá por eso su poesía gusta y encanta. Lejos de las experimentaciones seudovanguardistas, no descuida el hecho de que el lenguaje construye mundos o los destruye. Tampoco le interesan mucho sus acertados epigramas, o los tintes haiku, o la extraña habilidad narrativa y naif de sus textos. Leyendo y conversando con Samuel Núñez, uno puede apreciar que cada poema suyo es un acto de equilibrio, no catarsis ni autoterapia, sino el acto de equilibrar la vida completa en ráfagas de talento inaudito. En una genialidad irracional casi obsesiva. Samuel no se inspira ni construye sus poemas: mas bien se gestan a partir de la germinalidad de la vida insomne, para que en algún extraño vientre maduren y salgan a la vida, después, entre Samuel y el poema hay poco que hacer; quedan a la deriva como el ave impulsada desde el risco –unas pocas morirán en el intento pero otras, quedaran en el cielo de la memoria de mas de alguien, en alguna parte del mundo, y pareciera ser que a Samuel, eso le es suficiente para seguir cuesta arriba.
sábado 5 de abril de 2008
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